viernes, 20 de marzo de 2009

Paula




Ella no lo había reconocido. Eso sí, se comió todo el guiso, y la maicena, y también los pastelitos que le dio Doña Marta para que le llevara. Y después quiso comerse las flores de plástico que hacían de centro de mesa. Ella no lo había reconocido ni siquiera cuando la besó en la frente y le dio el ramo de fresias de todos los martes.

Luego Ignacio abrió la puerta de su casa con más parsimonia de lo habitual. Se sentó en el sillón del living y hundió su cuerpo en él. Durante años se había sentado en ese sillón al llegar del trabajo y esperado los cinco minutos exactos para que ella apareciera con el café caliente y una sonrisa en los labios. Desde el sillón la había visto volverse madre y contaba de costado las semanas que faltaban. Cuando los chicos se hicieron grandes, fue él el que la esperó a ella que llegara de trabajar, contento por saberla libre y enojado por tener que hacerse su propia cena. Fue allí sentado que la escuchó preguntar, insistente, qué día era, desde dónde vio la hornalla de la cocina que había dejado prendida y la besó por primera vez en la frente.

Ignacio apoyó su cabeza entre las manos. Sentía pánico a no poder recordarla con recuerdos. Siguió llorando sin consuelo hasta que las lágrimas fueron extinguiéndose, brotando de a poco en un llanto posible de contener. Entonces Ignacio se sacó sus mocasines marrones doble suela y se calzó las pantuflas que, desde hacía años, descansaban al lado del sillón. Se levantó y se acercó al aparador del living. Tuvo que hacer fuerza para abrirlo pero ni bien lo hizo encontró los montones de álbumes de fotos producto de años y años de vivir juntos.


Ella lo miraba en blanco y negro. Siete años, dos colitas en el pelo, Mar del Plata y los lobos marinos. La fiesta de quince todavía viva y ella bailando el vals con el viejo Atilio. El dí que la conoció en la fiesta de los López. La foto no le hacía honor a al azul marino del vestido apenas debajo de las rodillas, a la pequeñez de su cintura, a sus redondos y altivos pechos ni al brillo de sus ojos. Ella caminaba vestida de blanco, su sonrisa reflejada a través del velo y el viejo Atilio llevándola de la mano. Ella había tardado dos segundos más de lo debido en dar el Sí, quiero y él se sintió desvanecer.

Ignacio se acercó a la cocina y se sirvió un vaso de leche tibia. Tomó el vaso pausadamente y volvió a sentarse en el sillón. Abrió el álbum de fotos verde inglés.

Ella de costado y plena; Julieta todavía vientre. El pelo alborotado el día en que Nicolás , finalmente, decidió venir a este mundo. La puerta del colegio el día en que Juli empezó primer grado. Los gritos años después: que necesitaba hacer algo de su vida, que los chicos ya habían crecido, que estaban a punto de irse, que él no estaba nunca en casa, que ella encerrada y sola se iba a volver loca. Cuatro años después la puerta de la facultad. El pelo rubio lleno de huevo y veinte compañeros treinta años más jóvenes. Jazmín en sus brazos. Porque Juli trabajaba todo el día y no había nadie para cuidarla. Y la vio hoy: el rubio desteñido, la boca entreabierta, la sonrisa ausente y el brillo en los ojos.

Ignacio cerró con fuerza la puerta del aparador y dejó os álbumes de fotos apilados sobre la mesa ratona. Se acercó al sillón y , con el ánimo recobrado, se calzó los zapatos. Se puso la gorra y la bufanda, porque hacía frío y este año no se había dado la vacuna de la gripe, salió a la calle y paró el primer taxi que encontró. Cuando ya estaba llegando le pidió al taxista que lo dejara en la esquina y compró un ramo de fresias. Tocó el timbre del geriátrico. Entró y escuchó a la enfermera joven de la planta baja preguntarle si él ya no había venido hoy. Ignacio siguió caminando como si no la hubiera escuchado, subió la escalera y .a encontró sentada justo al lado de la ventana. Tomó aire y le dio las fresias antes de besarle la frente. Ella lo miró pícara.

-¿Y, para cuándo el beso de verdad, viejito mío?

8 comentarios:

Beatriz dijo...

¡Hermosisimoooo! Ternura y belleza.
Saluditos
Bea

Almarosa Lunazull dijo...

¡Qué belleza!
La ternura y el amor se toman de la mano en esta historia pintada con palabras... Hermoso...
Un abrazo...

Henry. dijo...

Que nunca se pierda el beso del final ¿no?

hatoros dijo...

QUE COSA MÁS BONITA, JODER.

Cris dijo...

Nanu, quedó lindísimo!!
Realmente tierno.
Besitos

Marcela dijo...

Precioso. Me hiciste llorar, en serio. Hermoso cuento.
Besos.

Anónimo dijo...

Que hermosa historia de amor .Cuantos no tendriamos temor a sufrir Alzheimer si a cambio vivieramo esta historia .gracias por el reconocimiento a mi padre en ese personaje llamadoAtilio



mamá29 -4-09

Pluma dijo...

Divino...dulce...real.