jueves, 24 de julio de 2008

Algo viejo...

El tren se detuvo de golpe. Marcos dormía pero la brusquedad de la parada lo despertó. Desde que era niño disfrutaba dormir acunado por el traquetear de las ruedas del tren, que con el paso del tiempo, fue transformándose en el suave andar de un automóvil. Se despertó sin entender que pasaba. Soñaba con El Pueblo. Habían pasado muchos años. Este año iba a cumplir ochenta y cada vez más sus recuerdos lo llevaban una y otra vez hacia aquel pueblo perdido en el centro de la Provincia de Santa Fé.
Mientras se refregaba los ojos despegó su espalda del asiento, buscó en su bolso los anteojos y se los puso. Miró alrededor; todos dormían. No era de extrañar, nadie nunca se paraba a mirar cuando el tren se detenía de madrugada. Marcos quiso volver a dormir pero no pudo. Se sentía incómodo, extrañaba su cama.
Miró por la ventana, resultaba imposible divisar siquiera una vaca. Como impulsado por su propio espíritu ahora sesenta años más joven decidió salir a fumar un cigarrillo. Sintió el aire golpearle la cara. Despertó. Desde la muerte de Juana sus ganas de vivir se habían ido extinguiendo, los días le resultaban interminables.
Ahora el viento lo volvía a la vida, le restaba años, le devolvía el aire a sus ya cansados pulmones. Sintió ganas de correr. Movió una pierna, luego la otra. Uno tras otro sus pasos lo alejaron del tren. Caminaba entre nubes: sereno y a la vez extasiado. Corrió.
En medio de la noche cerró los ojos y sintió su cuerpo deslizarse, latir. Corrió por siglos hasta que una pared lo devolvió a la realidad. Había chocado contra ella y cayó al piso. Cuando volvió en sí abrió los ojos; ya era de día. La luz lo lastimaba pero era imposible apagarla. Ante sus ojos emergió un rostro conocido: Juana estaba a su lado joven y hermosa como el día que la conoció. Lloraron juntos.
Juana lo guió por calles que no conocía pero que le recordaban a su pueblo en cada detalle, en cada pared despintada y cada cartel. Siguieron caminando hasta encontrar la casa donde se habían dado su primer beso, hace tiempo, en ese mismo zaguán cuando la madre de Juana por fin se distrajo. Entraron. Juana lo tomo de la mano y lo llevó hasta un dormitorio al que nunca había podido entrar en su juventud. Lo acostó en su cama como si fuera un niño y lo arropó. Marcos la miró con los ojos enamorados con la que la había visto cada mañana durante casi cincuenta años. Juana le dio un beso en la frente y él cerró los ojos.

1 comentario:

josé dijo...

Un hermoso cuento, de los que me gustan. Un buen descubrimiento tu blog.